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Un juego pintado a mano es la sensación del año

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Con música jazz y personajes que recuerdan al Disney de los años 30, ‘Cuphead’ arrasa en ventas.

Por: Gabriel Bustos
Los hermanos Chad y Jared Moldenhauer, fundadores –y, durante mucho tiempo, únicos empleados– del estudio MDHR, habían anunciado para la primavera de 2014 un juego para PC protagonizado por un personaje con cabeza de taza, con guantes blancos y pantalones rojos a la Mickey Mouse. El héroe, así como el juego, se llamaría Cuphead.

Pero, aunque a la fecha ya sumaba más de seis años de desarrollo, 2014 no vio el estreno del juego. Los hermanos se negaron a dejarlo atascado en esa fase y renunciaron a sus trabajos, y hasta hipotecaron sus casas, en un desesperado último intento de ver su sueño completado.

De ahí la emoción con que las multitudes que asistieron a la edición de este año del E3 recibieron la noticia de que finalmente, tras múltiples retrasos, Cuphead vería la luz del día. Eso pasó el 29 de septiembre.

Lo que siguió fue una fiebre que tomó al mundo, al menos al mundo de los videojuegos, por sorpresa: En las primeras semanas de su lanzamiento, el juego ya supera el millón de copias vendidas y ha saturado los medios digitales con opiniones sobre su estética singular y testimonios sobre su exigente factura.

Hay quien dice que estamos ante un ‘run-and-gun’, pero en rigor, Cuphead es un ‘shoot’em up’ de plataforma, en la misma línea de clásicos como Contra, y que a ratos recuerda a juegos como Gradius y U.N. Squadron.

Un 75 por ciento de su universo se centra en batallas contra una treintena de jefes, y el resto se despacha en escenas en las que hay que correr y disparar. Es de una mecánica simple, que se entiende en segundos, pero que a la hora de dominarla demuestra ser desafiante como pocas.

En otras palabras: El juego es difícil. Muy difícil. El ritmo es absolutamente frenético y en la pantalla suceden mil cosas a la vez. Por fortuna, los Moldenhauer lo dotaron de uno de los mejores esquemas de controles en una plataforma a la fecha.

Debido a esto, a pesar de su despiadada dificultad, la diversión rara vez da paso a la frustración. Cuphead tiene un encanto que se ve acentuado cuando se juega en modo cooperativo, no con aliados anónimos en la red, sino con un amigo de verdad que se siente en el sofá y haga las veces del hermano del héroe, llamado Mugman.

Pero lo que más resalta en Cuphead es su estética, con personajes pintados a mano y fondos en acuarela. Es algo nunca antes visto en un videojuego (ciertamente no a esta escala) y debe mucho de su estilo a los dibujos animados de los años 30. La música, de hecho, fue grabada por una orquesta de ‘jazz’ y también alude a las bandas sonoras de los dibujos de comienzos del siglo XX.

¿Y la historia? Parecería lo de menos, pero no lo es. En realidad, es tan alucinante como la paleta que le da vida: los dos personajes se juegan sus almas en el casino del Diablo y ahora deben, en virtud de un pacto con su demoníaco acreedor, recolectar las almas de otros infortunados caídos en desgracia. 

Cada jefe tiene diferentes fases, cada fase tiene sus reglas y estrategias, cada pequeña parte del juego ha sido cuidada y puede ser detallada minuciosamente, todo en un mosaico en el que puede haber cientos de animaciones en pantalla a la vez, pero que de alguna forma logra no abrumar. Por si fuera poco, como buen juego ‘indie’, Cuphead cuesta un tercio de lo que cuesta un título AAA. Se consigue por 62.000 pesos en XBOX ONE y 40.000 –hágame el favor– en Steam.

Espectacular y divertido tanto de ver como de jugar, Cuphead es un regalo para nostálgicos y recién llegados, una joya a la vez preciosa y difícil; en resumen, una desafiante obra de arte.

GABRIEL BUSTOS
Para EL TIEMPO

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